lunes, 15 de mayo de 2017

Berlin, du kannst

Siempre me sorprende y con una frecuencia enorme. La ciudad es lo que en ella sus gentes son capaces de crear y en esta se crea esperanza, libertad y mucha lucha.

Soy de esas personas que se interesa por la política, soy el que siempre mira las noticias en cuatro o cinco medios diferentes, el que mantiene al día todas las batallitas del congreso a la espera de poder argumentarlas en un futuro debate, no suelo olvidar. No me gusta la política, simplemente me emociona su potencial y lo que podriamos llegar a alcanzar con ella. Desde bien pequeño he tenido este interés. Puberto y en medio de debates de los que no comprendía absolutamente nada, tal vez fuera por eso, porque no hablaban de nada. Me inicié en esa política de caspa, de familias, de la que debes conocerte las temporadas previas, las peleas pasadas para entender las brasas en las que se cocinan los debates de hoy. No entendía nada, pero sabía que debía estar ahí.
Con los disgustos del tiempo, como componente necesario, comprendí ese lenguaje y empecé a desarrollar y protagonizar esos debates, siempre a pequeña escala, ni valgo, ni valdré, por suerte, para codearme en las grandes ligas, lo mío son los campos de tierra y mejor aún cuando se embarran. Soy murciano y de izquierdas, acaso hay mayor cruz que esa.
La política me emociona, me hace llorar cada vez que tomo parte de ella y la "suciedad", perdón, sociedad del estado español me demuestra su masoquismo y amor por la autodestrucción. Lloré en junio, cuando vi cómo se escapaba una oportunidad única de que el movimiento político más relevante en europa, por formas y contenido, no podía. Mucho sentido de aquellas lágrimas pertenecía también a mi situación personal, me había ilusionado como un crío en la campaña, con dos amigos de la infancia pegando carteles, ahora con "pelos en los huevos" saliendo a las tantas a repartir votos y empapelar el pueblo con el cartel morado a lo star wars. Sabía, también, que estos cuatro años iban a marcar mi vida, que estaba en juego construir un estado en el que poder volver o un estado al que devolver el odio desde el desprecio. Sí, hablo de devolver el odio porque es desde ahí desde donde se ha legislado y se sigue legislando en España, no es ignorancia, es odio.
Hoy un grupo de ilusos, locos del loco amor, del romántico no, del que duele, casi me hacen llorar. He visto la historia de un grupo de gente que desde el frío de un país que no es el suyo, se patean las calles, debaten, informan, colaboran y cohesionan clase para intentar mejorar un estado que les ignora. Porque si ellos acababan debatiendo con un turista españolito, niñato, con papis juristas y votante de Ciudadanos sin saber por qué; a las madres de otros les tocaba escuchar que su hijo ahora es de Podemos para sacar la paga que no pudo sacar dentro del PSOE. Reflexionamos sobre la metafísica de la política, pero son los imbéciles que hacen comentarios como los de arriba los que acaban decidiendo la balanza.
Han pasado muchos meses y muchos kilómetros entre aquella campaña y hoy, pero me sigo emocionando igual, me emociona la política, la indignación de aquellos días y la rabia de estos. Saber que no puedo estar más orgulloso de lo que hice.
Hay batallas que no se pueden ganar, por eso son las mejores, por la esperanza irracional que se les pone y lo que se aprende en ellas.

Estoy feliz de haber conocido a este grupo de santos inocentes del Círculo Podemos, aquí, en mi nueva casa, en Berlín, donde vivo porque al final no saqué ninguna "paga".